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Educación, la asignatura pendiente





En febrero próximo, nuestra Constitución de 1917 cumplirá cien años. Uno de sus artículos más luminosos, el 3, en cuyo texto se consagra el derecho social a la educación, sigue siendo una aspiración incumplida.
Si bien es cierto que en un siglo México superó el analfabetismo; hizo realidad que en todo el territorio nacional hubiera escuelas públicas, laicas y gratuitas; hizo posible la fundación de instituciones de educación superior de excelencia —como la UNAM y el Politécnico— hoy, la asignatura pendiente es la calidad de esa educación que imparte el Estado.
Una de las grandes apuestas de la presente administración, es la llamada Reforma Educativa. El tema no es nuevo, ya que históricamente se ha considerado a la educación como una prioridad nacional. La importancia fundamental de la educación como eje del desarrollo del país, es innegable. Es el instrumento de justicia social más efectivo, porque permite superar las condiciones de pobreza y desigualdad, al dotar de los elementos necesarios a los educandos para poder alcanzar una auténtica igualdad.
En la semana fueron presentados los resultados de la prueba PISA —por sus siglas en inglés— que es una evaluación internacional de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). El objetivo es evaluar la capacidad de los jóvenes de quince años, para aplicar conocimientos en problemas hipotéticos y concretos: su capacidad para resolver. Los resultados son —por decir lo menos— desoladores. México permanece muy por debajo del promedio de los países de la OCDE, lo que evidencia la deficiente calidad de nuestro sistema educativo.
En nuestro país, resultó que el 48% de los jóvenes no cuenta con los conocimientos suficientes en el área de ciencias; el 42% en lectura y el 57% en matemáticas. En este último rubro hubo un descenso respecto de la prueba de 2012, es decir, en matemáticas hemos empeorado. Es importante señalar que la prueba efectuada no mide el impacto de la Reforma Educativa, ya que esto sólo será posible a partir de la generación que comenzó sus estudios en el año de su implementación, o sea 2012.
Esta llamada de atención debe dejar claro que si aspiramos a tener un país con un mayor desarrollo, disminuir la pobreza, la desigualdad social, combatir la corrupción y la violencia; así como también tener una mejor ciudadanía, tenemos que mejorar la educación de nuestro pueblo. No podemos permitir que las presiones políticas y de grupos se sobrepongan al interés nacional. Si la Reforma Educativa fracasa, los más afectados son los pobres, que seguirán condenados a ese destino.
Hay que invertir más en ciencia e investigación —no recortar el presupuesto al Conacyt— exigir que el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación cumpla con el papel protagónico en la evaluación docente para el que fue creado e impedir que los gobernadores negocien elementos que permitan que sigamos condenando a nuestros niños y jóvenes a la mediocridad.
De seguir por el camino del desencuentro, la indiferencia, la confrontación y la mezquindad, aquella brecha que según la OCDE, nos tomará 25 años recorrer para alcanzar los niveles promedio, terminará por ser infranqueable. No basta educar, hay que educar con calidad.
Como Corolario, las palabras del inmortal Marco Tulio Cicerón: “¿Qué otro regalo más grande y mejor se le puede ofrecer a la República, que la educación de nuestros jóvenes?”.
Autor:Exelcior. Fuente:http://www.excelsior.com.mx/opinion/raul-contreras-bustamante/2016/12/10/1133382