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Educación y economía





El regreso a clases se ha convertido mundialmente en una segunda fecha de año nuevo. Para millones de familias implica la construcción o renovación de esperanzas, la reorganización de horarios y tareas, gastos fuertemente significativos y, para alumnos y estudiantes, una nueva oportunidad no sólo de adquirir competencias, sino de conocer amigos y reubicarse en el espacio de cotidianeidad más importante después del hogar. También aumentan el tránsito, el estrés para llevar la vida escolar y la presión para millones de jóvenes que combinan la vida estudiantil con la laboral y la familiar. No es poco lo que cambia la vida cada mes de agosto.
¿Vale la pena tal revolución anual? La historia nos dice que sí. Uno de los pilares de la revolución francesa, Danton, señalaba que, después del pan, la educación era la primera necesidad del pueblo. En México, uno de los tres artículos fundamentales que caracterizan a la centenaria constitución de 1917 es el derecho a la educación (art. Tercero), junto con los Art. 27 y 123.
¿Por qué es tan importante? Simplemente porque constituye una apuesta fundamental de cualquier sociedad para mejorar su calidad de vida, para superar sus problemas fundamentales, para realizarse cada vez mejor como humanos.
En 1921, sólo estaba alfabetizada 33.8 por ciento de la población, pero a partir de la gestión de Lázaro Cárdenas se efectuó un esfuerzo gigantesco por escolarizarla. En 1940 la alfabetización ya era de 54 por ciento. Desde entonces, la escolarización es una prioridad tanto para los gobiernos como para los hogares. En 1960 la escolaridad promedio de los mayores de 15 años era de 2.6 grados, en 1980 subió a 4.6 y, de acuerdo con la encuesta intercensal del 2015, en tal año fue de 9.1 grados.
Si la escolaridad promedio se ha duplicado en los últimos 35 años, hubiera sido esperable un mejoramiento significativo de la productividad, de la producción y de la calidad de vida de la población. Sin embargo, el producto por habitante en México es apenas similar al de 1981; la productividad ha aumentado, pero las remuneraciones reales son menores, la pobreza se ha incrementado y la distribución del ingreso se mantiene como una de las más altas del planeta (El Banco Mundial reporta para México los mismos valores -índice de Gini- para 1984 y el 2014). Luego de la tercera revolución industrial y en los albores de la cuarta, las expectativas derivadas del aumento de la escolaridad no se han cumplido ¿Por qué?
Una primera respuesta está referida a la calidad de la educación. Efectivamente hay un gran problema al respecto, que se refleja en los resultados que anteriormente se presentaban de la prueba enlace y ahora en la de Planea a nivel nacional y de PISA en al compararnos internacionalmente. A ello había que agregar la presencia de un secretario de educación que en lugar de “leer”, “le” (sic), o de un presidente de la República que no recuerda con precisión tres libros que haya leído, las entidades federativas o sus capitales y que no supo o no quiso citar gran parte del contenido de la tesis con el que obtuvo el grado de maestría. Así está difícil hablar de calidad en la educación. Pero decir que el problema es que ahora es mala la educación, implica suponer que antes era muy buena, pues con una escolaridad mucho menor México creció a un ritmo promedio de 6.5 por ciento desde 1935 hasta 1981. La respuesta no es tan sencilla.
Si el inmenso esfuerzo social por escolarizarnos no ha dado los frutos esperados, no es sólo por la calidad de la semilla que representa la educación, sino por el gravísimo descuido del país, de la tierra sobre la que se siembra esa semilla. Más que la educación, el drama está en una estrategia de desarrollo basada en dogmas de libre mercado, que más allá de nuestra escolaridad, nos deja más erosionados y polarizados, sin traducir en bienestar social el esfuerzo educativo que hemos emprendido.
Autor:NTR Guadalajara Fuente:http://www.ntrguadalajara.com/post.php?id_nota=78981