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Educación y desigualdad

Guillermo Hurtado



En el siglo XX la educación superior fue uno de los principales elevadores sociales. Quienes ingresaban a una universidad sabían que si concluían sus estudios, tenían garantizado un buen empleo. Para los estudiantes pobres esto significaba que su título profesional les daba la seguridad de ascender socialmente.
Esto sucedió en México y en otras partes del mundo. En una economía global en expansión, que requería de inmediato profesionistas y técnicos, la educación superior se hizo accesible a amplias capas de la población.
La situación en el siglo XXI es muy distinta. En la mayoría de los países, la educación superior ha dejado de ser un medio para favorecer el ascenso social y se ha convertido, por el contrario, en un factor que perpetúa e incluso acentúa la desigualdad.
Hoy hay más oferta de educación universitaria que nunca antes en la historia. También hay más estudiantes en ese nivel que en el siglo anterior. Sin embargo, la lógica del mercado ha disminuido el valor promedio de la educación superior. La desigualdad económica, cada vez mayor en todos los países del mundo, se ha exportado al sistema universitario.
Las colegiaturas en las mejores universidades cada vez son más altas. Para poder entrar a una institución de élite hay que ser rico o endeudarse para cubrir la cuota. Esto deja fuera de esas escuelas a la mayoría de la población. La única manera en la que un estudiante de clase baja o incluso media puede entrar, es si obtiene una beca.
Las opciones para el grueso de los jóvenes son las universidades públicas o las universidades privadas que cobran colegiaturas más accesibles. Sin embargo, el valor en el mercado laboral de los títulos de esas universidades es menor que el de las universidades de élite. Eso explica por qué hay abogados o dentistas que manejan taxis o están desempleados.
No se trata únicamente de la calidad de la educación recibida en las universidades de élite sino del acceso a los circuitos de privilegio que impulsa el desarrollo personal y profesional. En ocasiones, las amistades que se forjan en la universidad importan tanto o más que los conocimientos adquiridos dentro de los salones de clase.
¿Qué puede hacerse para corregir esta situación?
Una respuesta es que la universidad pública debería renunciar para siempre a ser un elevador social. Su misión es ofrecer educación superior, no sacar a sus alumnos de la pobreza.
Otra respuesta es que las universidades públicas deberían ser mucho más exigentes para competir con las universidades privadas de élite y, de esa manera, seguir funcionando como elevadores sociales para las clases bajas y medias. Al reducir de manera drástica la oferta de egresados de calidad, se mantendría el valor de sus conocimientos en el mercado de trabajo y, por lo mismo, se garantizaría el ascenso social de los titulados con menos recursos.
Autor:La Razón Fuente: